Ciencia económica: imperialismo versus descolonización

por Jürgen Schuldt – En el transcurso de las últimas décadas se han procesado cambios fascinantes en las relaciones entre la Teoría Económica y las demás Ciencias Sociales, que tanto se habían distanciado entre sí de 1870 en adelante como consecuencia de la Revolución Marginalista en economía, liderada por Stanley Jevons, Leon Walras y Karl Menger.

Cien años después surgen dos tendencias contrapuestas que aparentemente vienen enriqueciendo los paradigmas, conceptos y métodos que manejaban tradicionalmente los economistas. Para muchos el destino de las malhadadas ciencias sociales vendría determinado por el resultado del soterrado debate entre ambas.

Una de las vertientes, conducida originalmente por el célebre economista neoclásico Gary Becker, fue calificada como ‘Imperialismo Económico’ por el semanario The Economist en 1998, porque había invadido exitosamente campos de estudio que parecían exclusivos de otros científicos sociales. Se trata de una ambiciosa corriente analítica que viene aplicando los conceptos y herramientas básicas de los economistas a prácticamente todos los campos del saber relacionados con el comportamiento humano.

Consideran justificada su metodología y propósitos por el hecho de que gran parte de las decisiones y actividades humanas serían de índole mercantil, por lo que los términos esenciales de la teoría neoclásica, tales como los de “maximización”, “racionalidad”, “equilibrio”, “eficiencia”, entre otros, tan caros a los economistas, pueden utilizarse con pequeños ajustes para entender el comportamiento de los seres humanos en base a categorías como los costos de oportunidad, “trade-offs” y curvas de oferta y demanda.

De ahí que los economistas hayan ‘exportado’ sus esquemas analíticos a otras disciplinas, que se extienden desde la criminología y el derecho, pasando por la demografía y la epidemiología, hasta llegar a la ciencia política y la sociología. La caja de herramientas del economista es utilizada para entender decisiones que se adoptan en el deporte, las elecciones políticas, la criminalidad, la drogadicción, el sexo y tantos otros temas que aparentemente no son del mètier del economista. Obviamente, en un inicio, como lo reconoce el mismo Becker, este tipo de análisis fue motivo de burla; por ejemplo, cuando argumentó que los hijos debían tratarse como “bienes duraderos”, ya que ofrecían servicios como aquellos derivados de un automóvil o una refrigeradora, lo que entonces –en 1980 y ante un auditorio repleto de economistas, demógrafos y sociólogos– desató atronadoras carcajadas. Pero, quizás por eso de que “el que ríe último…”, el profesor de la Universidad de Chicago se llevó el Premio Nóbel en 1992.

En sus versiones más sofisticadas estos autores han venido “colonizando” y apropiándose de los temas de esas disciplinas –hasta hace poco hermanas distantes– a partir de principios fundados en el microcomportamiento de los agentes económicos, considerando -entre otros- los costos de transacción y las imperfecciones y asimetrías en la información. Y no es extraño que estos economistas participen activa y exitosamente en conferencias sobre demografía, derecho, geografía y similares. Una introducción completa –favorable a esta corriente– la puede encontrar usted en un muy didáctico artículo de Edward Lazear (Economic Imperialism, 1999; http://faculty-gsb.stanford.edu/lazear/Personal/PDFs/economic%20imperialism.pdf).

La otra corriente, representada paradigmáticamente por el psicólogo Daniel Kahneman (Premio Nóbel de Economía 2002), incorpora variables ‘extraeconómicas’ y complejas técnicas de otras ciencias para potenciar y renovar el análisis económico, tratando de “descolonizarlo”. Pero en este caso, a contracorriente del anterior, se viene socavando el edificio teórico-conceptual y metodológico aparentemente tan sólido de los economistas neoclásicos. Estos autores, que no solo vienen de la economía, parten de una serie de comportamientos humanos supuestamente anormales desde la perspectiva del enfoque ortodoxo. Es decir, estudian sucesos que van contra los supuestos fundamentales de los economistas (racionalidad, maximización, eficiencia, soberanía del consumidor y demás), por lo que intentan incorporar variables más realistas y profundas (incluidas las emociones) para enriquecer el análisis económico. Tales errores e “irracionalidades” del ser humano no siempre son marginales, sino que muy bien pueden terminar en desastres macroeconómicos, el más conocido de los cuales es el “efecto manada”.

De estas sofisticadas contribuciones han surgido subdisciplinas muy fructíferas, como la economía del comportamiento (liderada por sicólogos, tanto conductistas, como de la tendencia evolucionista), la economía de la felicidad, la neuroeconomía (en que destacan los neurobiólogos), la nueva economía política, la nueva economía institucional y demás disciplinas y ramas ‘nuevas’ del saber, incluida la econofísica (aplicando matemática de redes). En estos campos aún muy dispersos sobresalen autores tan diversos como Richard Thaler, George Akerlof, Colin Camerer, Matthew Rabin, George Akerlof, entre muchos otros. Una visión panorámica de estas polifacéticas y estimulantes corrientes y contribuciones las puede usted rastrear en un ilustrativo y divertido texto de Sebastián Campanario (“La economía de lo insólito – Los descubrimientos que hoy revolucionan el mundo de los negocios y las políticas de los gobiernos”. Buenos Aires: Planeta, 2005), en cuyo anexo encontrará lecturas ya más técnicas para profundizar en cada una de aquellas.

A ese respecto, nuestros lectores empresarios alucinarán con los avances que se han logrado, desde el campo del mercadeo y la publicidad (sobre la base de la neurobiología), hasta el de la administración de personal. Y mucho más en el de las finanzas, como por ejemplo, ¿sabía usted que a lo largo del último siglo los lunes son los días en que las bolsas de valores tuvieron el menor rendimiento y en los meses de enero el mayor? Ahí entenderá también el porqué de estas anomalías y, entre otras joyas, la aparentemente extraña recomendación que cierto banco de inversión hace llegar -en sus informes financieros (sic)- a sus clientes, sugiriéndoles “tener más sexo, dormir bien y aumentar la frecuencia de encuentros con amigos”, sustentada por lo demás en minuciosos estudios econométricos.

Personalmente creemos que esta segunda corriente (flexiblemente multidisciplinar), a pesar del mayor atractivo momentáneo de la primera (mecanicistamente unidisciplinar), es la que más éxitos promete a futuro, tanto por su metodología como por la amplitud del enfoque; aunque –como con todo invento– también se corre el peligro que sus resultados puedan ser malutilizados para manipular al ser humano (mismo Gran Hermano orwelliano).

Finalmente, ya pensando en el muy largo plazo –aunque para entonces todos estaremos muertos, como diría Keynes– será necesario volver a intentar la construcción de una ciencia social transdisciplinaria, de validez universal en tiempo y espacio, como lo ensayaran –desafortunadamente abortadas– la Economía Clásica o el propio Marx durante la primera mitad del siglo XIX. A ese respecto, por nombrar un caso, el trabajo de Immanuel Wallerstein (“Impensar las Ciencias Sociales”) podría ser un valioso –necesariamente ambicioso– punto de partida.

J. Shuldt es un destacado economista peruano, docente en la Universidad del Pacífico (Lima). Publicado originalmente en Gestión (Lima), pág. 15, el 25 de octubre 2006, y reproducido en el blog del autor titulado Memorias de Gregorio Samsa. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.