¿Sirven para algo los títulos de economista?

Diplomapor José Blanco – Cualquiera puede ver que quienes toman las decisiones sobre los asuntos de la economía afectan, de mil modos distintos, a todo mundo. Por eso importa, más allá del círculo absolutamente heterogéneo de los economistas, qué pasa con su formación académica. Pues a estas alturas, puede suponerse que (casi) todo mundo entiende o supone que “hay de economistas a economistas”.

He hurtado el título de este artículo a Peter Day, corresponsal de negocios de la BBC, en el que nos cuenta que algo se mueve en el mundo de la enseñanza y la formación de economistas, y vale la pena que por estos lares nos enteremos de que eso que se mueve, parece apuntar hacia un rayito de ­esperanza.

No es la primera vez que surgen aquí y allá, en el mundo de los estudiantes de economía, diversas tensiones y ansiedad, porque no oyen en el aula lo que sí tienen a la vista y que se debate en los medios escritos y electrónicos. Por ahora, sólo oyen en el aula el cansino discurrir del mainstream de la academia de los “desarrollados”: la versión “más actualizada” de la escuela neoclásica.

En muchas universidades británicas –dice Day– algo está ocurriendo con la “ciencia lúgubre”. Los estudiantes de economía están molestos por lo que se les está enseñando y la forma en que se está haciendo. Y no sólo están protestando, están haciendo algo al respecto.

El movimiento comenzó, según los registros de Peter Day, en Manchester en 2010. Muchos departamentos universitarios de economía recibieron un notable aumento en las solicitudes de estudiantes potenciales como resultado de la enorme crisis financiera que estalló en 2008. Según los propios nuevos estudiantes, estaban alarmados por el mundo en el que estamos viviendo. Querían saber más sobre la crisis y sobre lo que podían hacer para evitar otra.

Les esperaba un largo y muchas veces frustrante camino. La típica enseñanza de economía en la universidad, decían, se concentra en un modelo económico que ignora los altibajos que ellos han experimentado como observadores más o menos bien informados de los huracanes económicos, sociales y políticos que barren al mundo, incluido su propio rededor.

Han dicho que quienes los enseñaban eran especialistas que se concentran en un concepto teórico que imagina que las personas siempre toman decisiones racionales y óptimas cuando se enfrentan con grandes o con pequeños problemas.

Las matemáticas, desde luego, son parte centralísima de la enseñanza de la economía. Pero se ignora la forma extraña e impredecible en que la gente se comporta en la realidad, como se ignoran también las muchas otras escuelas de pensamiento económico.

Juan A. Gimeno, de Economistas sin Fronteras, advierte que el tema es relevante, porque cómo se enseñe la economía, moldea y condiciona la mentalidad de las próximas generaciones. El movimiento estudiantil In­ternational Student Initiative for Plu­ralist Economics viene denunciando el empobrecimiento progresivo de los planes de estudio y exige que el mundo real vuelva a entrar en las aulas y vuelvan el debate y el pluralismo de teorías y métodos.

La ciencia económica, que nació de los filósofos sociales, ha ido evolucionando hacia la matemática, en un intento de ser tan “exactos” como físicos y químicos. Entre tanto, el prestigio científico de los economistas ha caído por los suelos ante los reiterados fracasos de sus decisiones, la ausencia de auténtico debate científico y la notoria carga ideológica dominante. ¿Puede considerarse ciencia una disciplina en que la falsabilidad de las teorías resulta inútil y conviven visiones encontradas e incompatibles? ¿Qué rigor científico es defendible cuando pueden recibir el Premio Nobel, incluso simultáneamente, teóricos que defienden ideas opuestas?

En el campo teórico, la ortodoxia la define la escuela neoclásica, incluyendo una parte de los economistas neokeynesianos. La corriente crítica opuesta más numerosa la componen los poskeynesianos y neorricardianos. Y con importancia numérica mucho menor encontramos a su izquierda a los economistas marxistas y a su derecha, a los economistas de la escuela austriaca (¡Hayek!, el dios de Thatcher y vidente de Reagan). Sin embargo, los programas docentes en economía se restringen habitualmente a la exposición del paradigma neoclásico dominante. Son las tesis centrales de Gimeno.

En esta ortodoxia, las limitaciones matemáticas y econométricas empobrecen el análisis dejando fuera variables decisivas, la ausencia de problemas sociales y políticos invalida de raíz la mayor parte de las investigaciones, el irrealismo de los supuestos no impide dogmatizar sobre las consecuencias extraídas a partir de ellos, la famosa cláusula ceteris paribus justifica las desviaciones que después se observan en la realidad, la endogamia y la prepotencia científicas impiden enriquecerse con las aportaciones de otros enfoques y de otras ciencias sociales, la ausencia de autocrítica esconde una ideología evidente que actúa en defensa del statu quo y huye del drama de la desigualdad rampante.

La historia, decisiva en la comprensión del presente, está ausente en las aulas, aunque aparece de cuando en vez en los debates internacionales (“¿qué hizo Roosevelt?”).

En su memorable texto Ahora recuerdo, Carlos Tello nos recuerda cómo en México nuestros mejores economistas (estructuralistas, una mezcla peculiar de Marx, Keynes y el pensamiento de la Cepal) que, sin debatirlo expresamente, estaban en favor del estado de bienestar y pugnaban por una política que nos llevara al desarrollo y a la justicia social, fueron convertidos en parte del mainstream internacional. Estos deciden la suerte y vida de los mexicanos.

 

Publicado originalmente en La Jornada (México), el 17 febrero 2016; se reproduce aquí sin fines comeriales y unicamente con propósitos informativos y educativos.