Capitalismo libertario: que su muerte no nos encuentre durmiendo

por Mariela Buonomo – Poco después del estallido de la crisis financiera, Paul Samuelson, en uno de sus artículos hizo un recorrido histórico del capitalismo puro y duro, sus muertes y resurrecciones a lo largo del siglo pasado. Sin titubear, Samuelson afirmó que la falta de regulación, o lo que es lo mismo, el libre capitalismo, desencadenó directamente en el colapso financiero internacional que estalló a fines del 2008.

El brillante economista, fallecido el pasado diciembre, planteaba la siguiente interrogante:

“¿Qué es entonces lo que ha causado, desde 2007, el suicidio del capitalismo de Wall Street?”, respondiendo con naturalidad que: “En el fondo de este caos financiero, el peor en un siglo, encontramos lo siguiente: el capitalismo libertario del laissez-faire que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran”.

En este punto, cuando ha pasado más de un año, estas observaciones siguen vigentes. El susto económico sentido en aquel momento parece estar diluyéndose, haciendo que el impulso para realizar reformas se desvanezca. Muchos especialistas internacionales concuerdan en que el sistema financiero necesita de una fuerte regulación para que se reestablezca la confianza. Esto significa cortar definitivamente con el legado de Friedman y Hayek al que hacía referencia Samuelson. Pero en los hechos eso no se está llevando a cabo.

El sistema financiero no ha sufrido las reformas suficientes, y por lo tanto nada impediría que una nueva crisis financiera se desatara. Lo paradójico es que hay pocas reformas sustantivas que se intentan, y esas pocas, reciben duras oposiciones que las traban. En EE.UU. el gobierno de Obama presentó a fines de enero de este año una propuesta para establecer nuevas normas de mayor rigurosidad para los bancos. Esto ha generado una severa oposición tanto interna (instituciones de Wall Street y Congreso), como externa (reguladores internacionales, inclusive).

En América Latina, los intentos por reformular el funcionamiento del sistema financiero son muy pocos. Quizás pueda decirse que las más significativas propuestas son el Banco del ALBA, el Banco del Sur, así como el innovador Sistema Único de Compensación de Pagos -SUCRE- (más sobre esta Nueva Economía aquí…).

Pero continuando con la mirada en perspectiva sobre como se alcanzó el desbarajuste del 2008, Samuelson recorre una lista de hechos clave. Resalta el papel de la política  y los gobernantes estadounidenses, a quienes obviamente adjudica la mayor responsabilidad en la crisis financiera mundial. Samuelson arremete contra el gobierno estadounidense de los años 80:

“Desde que Ronald Reagan fue elegido para ocupar la Casa Blanca, en 1980, Estados Unidos se ha ido convirtiendo gradualmente en un país de derrochadores en los planos familiar, empresarial y público, como buenos derechistas radicales partidarios de la oferta”.

Quizás para algunos no haga falta recordarlo, pero este recetario fue también heredado y aplicado por los gobiernos latinoamericanos desde finales de la década del 80. Esa fórmula condujo a la región a un consumo alienado, con excesos de gastos a nivel público y particular, y altos niveles de corrupción, sin lograr revertir la pobreza y la desigualdad en toda la región. Es tiempo de una mirada autocrítica sobre la falta nuestras propias estrategias o la imposibilidad de aplicarlas.

Y en la lista de Samuelson continúan los ejemplos que no se deben seguir. Incluye también el vergonzoso desempeño de directores y contadores de las instituciones financieras, así como el de las agencias calificadoras de riesgo:

“…tres grandes agencias de clasificación: Fitch, Moody’s y S&P-McGraw Hill. Se supone que sólo dan aprobaciones AAA al material seguro. Pero si una de las tres se volviera objetivamente veraz, las otras dos se quedarían con todo el negocio. Eso apesta a conflicto de intereses.”

Estas agencias, que hoy se encuentran en el centro de la polémica por su incapacidad de alertar sobre los verdaderos riesgos financieros, han conseguido que sus calificaciones sean indicadores relevantes e influyentes sobre la dinámica de los flujos globales de capitales. En la región, muchos gobiernos siguen orientando sus políticas económicas en base a estos indicadores. En 2008, por ejemplo, Brasil festejó su “grado inversor” que le otorgó una de las calificadoras.

Más allá que, como dice Samuelson, “la crisis mundial del 2008 lleva en su etiqueta las palabras made in USA”, sobra la evidencia que confirma que el llamado pensamiento único heredado y al que Latinoamérica se alineó durante todos estos años, se ha vuelto obsoleto. Es momento de aprender la lección y empezar a generar y elaborar nuestras propias políticas económicas, a partir de una inteligente crítica al pensamiento económico dominante. Se trata de elaborar una estrategia de política alternativa, es decir ir un paso más allá de la simple reacción ante la crisis, y de reconocer que el capitalismo libertario y sus contradicciones conducen indefectiblemente al caos.

Es el momento oportuno para que surjan políticas alternativas autóctonas, claras, concretas y reales, al tiempo que la ciudadanía revea y evalúe nuevas formas de convivencia. Estas alternativas deberían apuntar hacia una organización social y económica más avanzada como se está proponiendo desde la Economía Social, por ejemplo. Una organización que no se corresponda con la economía y las prácticas convencionales, transformando los modos actuales de consumo, de distribución y de propiedad, así como la forma de organización del trabajo para la producción, es decir encaminarse hacia una sociedad y economía de lo suficiente.

Artículo completo de Paul Samuelson aquí…

M. Buonomo es analista en CLAES D3E.